Como una epifanía proveniente del espacio sideral, hablando con una amiga por fin descifré el misterio. No es que yo me haya vuelto una loca posesiva de un día para el otro y ahora me reviente la paciencia no vernos tan seguido. No. Es que en ese entonces nos acechaba la gripe A con sus gloriosas suspensiones de entrenamientos y partidos, con el bendito cierre de boliches y bares, y con las renegadas recomendaciones de quedarse en casa. Y he aquí el origen de todos los males que embisten violentamente mi miserable vida sentimental.
Si yo hubiera sabido que los días compartidos (y digo días, no noches) se iban a terminar junto con la influenza H1N1, tal vez no me hubiera enamorado tanto. O al menos le hubiera propuesto, a tiempo, irnos al otro hemisferio a seguir el invierno pandémico. Pero no, acá estoy, esperando que el dengue ataque las canchas con todo, que llegue un nuevo invierno, una guerra civil, un estado de sitio, ALGO que nos salve del naufragio al que estamos condenados.




